El Hombre Acecha

UN MUNDO DANTESCO:

EL CAMPO DE AGRAMANTE Y LA CREACIÓN PO-ÉTICA

DE MIGUEL HERNÁNDEZ

Miguel Hernández compuso, durante la Guerra Civil, dos poemarios: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1938). En el primero, escrito en parte en Jaén, el poeta esgrime la voz del nosotros: quiere representar al «pueblo», en su acepción de vulnerable, trabajador y necesitado, el que actúa en vanguardia o en retaguardia; en el segundo, el poeta pretende representar al «hombre» en su concepción de ser vulnerado y menesteroso.

Es el oriolano uno de esos insignes poetas que sienten la poesía como camino y, a veces, como sino. El hombre acecha es el poemario del «sino sangriento» por excelencia, poemario de la agonía, de la inminente derrota y, no obstante, de la necesaria esperanza. El poeta se erige en profeta, en revelador, en concienciador, en activista con la única esgrima del arte de la palabra: un poeta en activo.

Desde sus orígenes, Hernández fue un escritor visual: su poesía se escama de evocaciones plásticas e imágenes. Viento del pueblo fue el primer foto-libro español. En El hombre acecha, donde tantos anhelos vitales aparecen y desaparecen, se ocultan imágenes tremendas, imágenes que, evocadas, son hirientes.

El hombre acecha quedó en «capilla»: nunca fue cubierto por cubierta que combinaba el negro (el nombre del autor) y el rojo sangre de toro, como había pedido el oriolano al diseñador valenciano Pérez Contel. Rojo sangre de toro: la sangre de España. Estos colores son los que van a ser combinados en la paleta de Manuel Ruiz-Funes para recrear la atmósfera que exhala El hombre acecha: intensidad emocional, atronadora, desquiciante, porque Hernández es uno de esos grandes poetas que molestan…: don y látigo y palabra de arte comprometido. Hernández es el poeta que, con más resonancia popular, convierte la palabra poética en palabra ética. El desgarro de la poesía del Homo homini lupus que subyace al poemario corresponde al desgarro de los seres descuartizados en las imágenes del pintor (hombres, árboles, paisaje…). Ruiz-Funes nos va a zaherir el alma, y tal vez empiece a ser uno de esos grandes pintores molestos…

En El hombre acecha, Hernández muestra una visión trágica de la vida, y se compadece con ella. Prolifera el desánimo de lo que se contempla, el deterioro de las relaciones humanas regidas por la destrucción –les spectres de la guerre de los que hablaba Malraux: vivencias que apenas logran erigirse en experiencias–. La naturaleza, en Hernández, simboliza la libertad, el equilibrio de la vida. Se contrapone a lo artificial; cuando desaparece la bondad natural y la dignidad humana, desaparece el paisaje, la naturaleza se encoge: «Se ha retirado el campo / al ver abalanzarse / crispadamente al hombre» («Canción primera»). El hombre, en trance de guerra y en trance de hambre, se embrutece, pierde «la piel de la cultura»: «Reaparece la fiera, recobra sus instintos, / sus patas erizadas, sus rencores…». Este sentido de la amenaza humanamente inhumana fue motivo, en prisión, de una carta a Josefina Manresa, su mujer: «Todo antes de que seamos, en nuestra casa, fieras contra fieras, que ya vamos siendo como en la calle».

El sujeto lírico, que no la persona, llega a amenazar a su propio hijito; es la consecuencia íntima y casi inconfesable del Homo homini lupus: «He regresado al tigre. / Aparta o te destrozo», exclama en la «Canción primera» a su retoño.

En este mundo adverso de guerra, en este campo de Agramante, en esta tragedia, surge la esperanza; el poeta no se conforma con una sociedad inicua: «Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero. / Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma» («Las cárceles»); «Florecerán los besos / sobre sus almohadas. / … / Será la garra suave. / Dejadme la esperanza» («Canción última»).

El hombre acecha se puede entender como un alegato antibélico, como el Guernica de Picasso o Los desastres de la guerra, de Goya. Nos ayuda a comprenderlo el pintor Ruiz-Funes. Visite la exposición. Pasará unos minutos sobrecogedores, un rato de pasión: y pasión ancla sus raíces en lo que hay de próspero en el padecer.

Jesucristo Riquelme.

Autor de La obra completa de Miguel Hernández (EDAF, 2018 ) y Epistolario general de Miguel Hernández (EDAF, 2019)

 

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